Noche de muertos, nuestra tradición milenaria

by Víctor Manuel Vega Antúnez

El orígen de la celebración del Día de Muertos en México, puede ser trazado desde la época de los indígenas de Mesoamérica, tales como los Aztecas, Mayas, P’urhépechas, Nahuas y Totonacas.

 

La ritualística de celebración a las vidas de los ancestros fueron realizados por éstas civilizaciones por lo menos durante los últimos 3,000 años. 

 

En la era prehispánica era común la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento.

 

El festival que se convirtió en el Día de Muertos cayó en el noveno el mes del calendario solar azteca, cerca del inicio de agosto, y era celebrado durante un mes completo. Las festividades eran presididas por el dios Mictecacihuatl, conocido como la “Dama de la muerte” (lo que ahora conocemos como “la Catrina”).

 

Los conquistadores españoles del siglo XV, se aterraron por las prácticas paganas de los indígenas, y en un intento de convertir a los nativos americanos al catolicismo movieron el festival hacia fechas en el inicio de noviembre para que coincidiesen con las festividades católicas del Día de todos los Santos y Todas las Almas.

El altar de Muertos.

El elemento más representativo de la festividad de Día de Muertos en México son los altares con sus ofrendas, una representación de nuestra visión sobre la muerte, llena de alegorías y de significados.  En los lugares donde la tradición está más arraigada, los altares comienzan a tomar forma el 28 de octubre y llegan a su máximo esplendor el día 2 de noviembre. 

 

Es común, que el primer día se prenda una veladora y se coloque una flor blanca; al siguiente día se añade otra veladora y se ofrenda un vaso de agua. Para el día 30, se enciende una nueva veladora, se coloca otro vaso de agua y se pone un pan blanco; el día siguiente se coloca la fruta de temporada (mandarina, guayaba, naranja, manzana, tejocote). Para el primero de noviembre, se pone la comida dulce, el chocolate, la calabaza en tacha, y las flores. El día mayor, se coloca la comida preferida de los difuntos, el tequila, el mezcal y la cerveza. El elemento que no falta en ninguno de estos días es el copal encendido.  Altares de muertos Tradicionalmente los altares tienen niveles, y dependiendo de las costumbres familiares se usan dos, tres o siete niveles. Los altares de dos niveles, los más comunes hoy en día, representan la división del cielo y de la tierra; los de tres niveles representan el cielo, la tierra y el inframundo, aunque también se les pueden referir como los elementos de la Santísima Trinidad.

 

El tradicional por excelencia, es el altar de siete niveles, que representan los niveles que debe atravesar el alma para poder llegar al lugar de su descanso espiritual. Cada escalón, es cubierto con manteles, papel picado, hojas de plátano, palmillas y petates de tule; cada escalón tiene un significado distinto.

 

En el más alto se coloca la imagen del santo de devoción de la familia; el segundo, está destinado a las ánimas del purgatorio; en el tercero se coloca la sal, símbolo de la purificación; en el cuarto el pan, que se ofrece como alimento y como consagración; en el quinto se colocan las frutas y los platillos preferidos por los difuntos; en el sexto las fotografías de los difuntos a los que se les dedica el altar y por último, en el séptimo, en contacto con la tierra, una cruz formada por flores, semillas o frutas.

 

Cada elemento puesto en el altar tiene su propio significado e importancia. El copal y el incienso representan la purificación del alma, y es su aroma el que es capaz de guiar a los difuntos hacia su ofrenda. El arco, hecho con carrizo y decorado con flores, se ubica por encima del primer nivel del altar y simboliza la puerta que conecta al mundo de los muertos; es considerado el octavo nivel que se debe seguir para llegar al Mictlán.

 

El papel picado y sus colores representan la pureza y el duelo, actualmente se adornan con calaveras y otros elementos de la cultura popular; en la época prehispánica, se utilizaba el papel amate y en él se dibujaban diferentes deidades.

 

A través de las velas, veladoras y cirios está presente el fuego, que se ofrenda a las ánimas para alumbrar su camino de vuelta a su morada. Es costumbre, que se coloquen cuatro veladoras, representando una cruz y los puntos cardinales, pero también en algunas comunidades, cada vela representa un difunto, por lo que el número de velas dependerá de las almas que reciba la familia.

Ofrendas a los muertos.

 

En nuestras ofrendas nunca puede faltar el agua, la fuente de vida, pues es necesaria para calmar la sed del visitante después de su largo recorrido. Tampoco podemos olvidarnos de la sal, elemento de purificación que sirve para que el alma no se corrompa en su viaje de ida y vuelta.

 

El pan de muerto, tiene un doble significado. Por un lado, representa la cruz de Cristo; por otro, las tiras sobre la corteza representan los huesos y el ajonjolí, las lágrimas de las ánimas que no han encontrado el descanso.

 

La flor de cempoalxóchitl, la nube y el moco de pavo son las flores que decoran las ofrendas y los cementerios; al igual que el copal, se cree que su aroma atrae y guía a las almas de los muertos.

 

Las calaveritas de azúcar, chocolate y amaranto, así como otros alfeñiques, hacen alusión a la muerte y de cierta forma, se burlan de ella, siendo costumbre escribirles en la frente el nombre del difunto.

 

Es costumbre también colocar una escultura de un perro Xoloizcuintle, que ayudará a las almas a pasar el río Chiconauhuapan para llegar al Mictlán; además, representa también la alegría de los niños difuntos.

La visita al Camposanto.

 

En éstas fiestas, es obligado visitar las tumbas de los difuntos para limpiarlas y arreglarlas con flores y veladoras. Esta visita, es una muestra más de la riqueza y diversidad de la tradición, pues en algunos lugares, es costumbre colocar una ofrenda sobre el sepulcro y pasar allí la noche en vela con la familia reunida. Cabe destacar la más famosa a nivel mundial, que son los festejos en la meseta P'urhépecha. (Base de una reciente película de Disney, Coco, que se desarrolla en Santa Fe de la Laguna, distante unos diez kilómetros de Quiroga, y a la vista del Lago de Pátzcuaro.)

Calaveritas.

 

Para 1849, el diario “El socialista” de Guadalajara publicó por primera vez una nueva forma de celebrar a la muerte, a través de pequeñas creaciones literarias que, en forma poética, sarcástica y graciosa anunciaban que la calaca venía a buscar a alguien. A estos pequeños versos se les llamó “calaveritas” o “calaveritas literarias” y se volvieron muy populares.

“En este mundo matraca, nadie de morir se escapa… 

La muerte está tan segura de alcanzarnos, que nos da toda una vida de ventaja … 

Como te ves me vi, como me ves te verás… 

Al vivo todo le falta y al muerto todo le sobra…”

Catrinas.

 

Con la llegada de los españoles y la religión católica, la muerte adquirió un carácter más tétrico, pero las sociedades nativas la aceptaron sin mayor problema. Por ello, la muerte y los esqueletos trascendieron hasta la época del porfiriato, cuando el artista José Guadalupe Posadas le dio rostro a las calaveritas literarias y realizó una caricatura que era una calavera con un sombrero elegante, burlándose así de las personas pobres que aparentaban ser ricas. La llamó “calavera garbancera” y es el origen de la archifamosa Catrina.

 

En 1947, Diego Rivera realizó el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” -que pintó para el Hotel del Prado y que hoy se conserva en el Museo Mural Diego Rivera-, y allí colocó a la famosa calavera parada en la parte central del mural. Dada su vestimenta y porte elegantes, recibió el nombre “catrina” -femenino de catrín-.

 

Otro elemento que se ha integrado hace no mucho tiempo es la tradicional canción “La llorona”, original del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, y que tiene muchísimas versiones y cada año aparece una nueva. Otra versión cuenta que la llorona surgió en la batalla de conquista por

Tenochtitlán, Que salía a llorar por sus hijos, los aztecas. Misma que siguió durante la Colonia en el imaginario popular.

Desfile de Día de Muertos.

 

La tradición más reciente pero que ya está en el imaginario mundial, es el Desfile del Día de Muertos en la Ciudad de México, que surgió a raíz de una escena en la película de la saga de James Bond “007 Spectre”, en la que apareció por primera vez esta fiesta que aún no existía.

Al gobierno de la ciudad le encantó la idea de la película y hoy es un evento multitudinario en el que se muestra la historia de esta celebración, desde los tiempos prehispánicos hasta la actualidad.

Cronología del Festejo de Muertos.

28 de octubre. 

Se prende la primera veladora y se coloca una flor blanca para recibir a las ánimas solas.

 

29 de octubre. 

 

Se prende otra veladora y se coloca un vaso con agua, dedicado a difuntos olvidados y desamparados.

 

30 de octubre.

 

Se prende una nueva veladora, se coloca otro vaso con agua y se pone un pan blanco para los difuntos que se fueron sin comer o lo que sufrieron algún accidente.

31 de octubre. 

 

Se prende otra veladora, ponemos otro vaso con agua y otro pan blanco y colocamos fruta. Esto para los muertos de los muertos (ancestros), es decir, nuestros bisabuelos y tatarabuelos.

 

1 de noviembre. 

 

Día de Todos los Santos, fecha en la que al medio día llegan las almas de quienes fallecieron siendo niños. Este día se pone toda la comida en el altar de día de muertos.

 

En algunas familias, también se ofrece comida, agua y hasta juguetes para las mascotas que ya están en su ‘otra vida’.

 

2 de noviembre. 

 

Día de los Fieles Difuntos, se tiene la creencia de que son las almas de los muertos adultos quienes llegan a recoger y comer las ofrendas que su familia colocó en el altar. Se quema incienso de copal y se adorna un camino con pétalos de cempasúchil para guiarlos a la ofrenda.

 

3 de noviembre. 

 

Se prende la última veladora blanca, se quema el copal y se despide a las almas de nuestros muertos y les pedimos que vuelvan el siguiente año. Se realiza el levantamiento de la ofrenda.

Es un vistazo a una de las tradiciones más arraigadas en nuestra cultura, y que ha trascendido tiempo, fronteras, y pensamientos.

    

¡Viva México!

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